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Los grandes medios no son ajenos a la edificación de una realidad que no siempre es la verdad.
(Por Hernán López Echagüe*) No piense. No experimente sensaciones. No pregunte. No responda. No discuta. No caiga en la tontería de la incertidumbre. No beba. No fume. No juegue. No haga el amor. No crea en su hijo. Tampoco en su hermano. No escuche. No opine. No vote pavadas. No pida, y, desde luego, menos aún exija. No atienda el teléfono. No llame. No desee. No mire. No interprete. No cometa el desliz imperdonable de apasionarse por una idea. No exprese solidaridad. No crea en su amigo. Tampoco en sus padres. No abrace. No distinga. No analice. No juzgue. No duerma tranquilo. No confíe. Si oye ruidos raros en su casa, salte de la cama, tome la escopeta y dispare en defensa propia. No abra la puerta. No extienda la mano. No ayude. No colabore. No bese. No cante. No sonría. Busque otra vereda cuando en la suya, a lo lejos, advierta un grupo de gente extraña, oscura. No goce ni padezca la vida.
(
Por Osvaldo Bazán) Lo primero fue el miedo.
Se instaló en cada casa un pánico nunca antes conocido: el miedo a la tecnología, a lo que los aparatos podrían hacer con nosotros en el momento en que saliesen de control. Y anunciaban que justamente eso es lo que ocurriría. Saldrían de control. De golpe, nos dimos cuenta de que estábamos rodeados por replicantes de Blade Runner. Los electrodomésticos vendrían en tu búsqueda. La tostadora podría perseguirte y quemarte las nalgas, mientras la Moulinex, loca de atar, se enrollaría en el cuello de la abuela hasta hacerle decir toda la verdad. Los aviones, como moscas después del Raid, caerían, uno a uno, en un Lost multitudinario sin sobrevivientes. Los barcos terminarían indefectiblemente, como el de Madagascar, yéndose al polo. Se cumpliría la profecía de Fukuyama: si en la vida real la historia se negaba a terminar, en la vida virtual se apagaría, al evaporarse todos los datos de todas las computadoras. Los misiles, todos los misiles que el mundo se apunta sobre sí mismo, por error, iban a dar en sus blancos, sin error.
Si hasta el sol iba a nacer antes de la madrugada.
Con el miedo instalado en cada casa empezó la década.
Lo primero, entonces, fue el miedo.