Un estudio indica que los estudios indican boludeces

(Por Hernán Casciari*) Ahora que los universitarios y los expertos dicen cosas que sabe todo el mundo, pero con aire académico, me atrevo a presentar mi reciente estudio. Además, como los diarios compran estas idioteces (porque son baratísimas) y nos bombardean con titulares que empiezan diciendo “un reciente estudio revela que”, capaz que hasta compran el mío y la gente empieza a considerarme un experto en algo.

Yo venía soportando esta moda de “los estudios” sin calentarme mucho, pero el otro día apareció uno que me sacó de las casillas. “Según un estudio del Conicet”, leí en Clarín, “la costa argentina mide 2.000 kilómetros más de lo que indicaba el estudio del año pasado”.

Este dato, que algunos exitistas salieron a festejar al Obelisco, no habla bien de la costa argentina. Yo creo que habla mal de los estudios y de los expertos. ¡Dos mil kilómetros de costa no es un error menor! Es un error del diámetro de Japón. Lo que indica que si los universitarios y expertos del Conicet hubiera hecho el estudio en Japón, no habrían visto nada. Y lo que es peor, Clarín nos lo habría informado.

Es verdad que la gente se equivoca tanto como los estudiosos, e incluso hasta el refranero popular tiene sus contradicciones, pero convivimos con ello y la prensa no se dedica a controlar los errores humanos (sería estúpido). Pero el tema no acaba aquí. Los estudios que más me enervan son los que afirman cosas que ya estaban en los tangos desde que el mundo es mundo. Pongamos ejemplos.

Alfredo Lepera escribió «Soledad» en 1934; en la primera estrofa pone:

«Pero no hay nadie y ella no viene,
es un fantasma que crea mi ilusión.
Y que al desvanecerse va dejando su visión,
cenizas en mi corazón».

¿Era necesario, entonces, que en una universidad de Washington hayan llegado, en 2005, a la conclusión de que la soledad causa problemas al corazón? ¿No escuchan tangos en las universidades? ¿Qué hacen en las Universidades además de afirmar, señalar e indicar boludeces? ¿Cuánto falta para que arriben a otras verdades similares?

Como si esto fuera poco, un grupo de expertos de una universidad de Chicago descubrieron otra idiotez increíble: Un estudio afirma que a los mentirosos les crece la nariz. Si seguimos en el camino de racionalizarlo todo, no faltará mucho para que veamos titulares que reafirmen todo tipo de leyenda popular.

La pregunta que deberíamos estar haciéndonos es: ¿cómo llegan estas estupideces a los diarios? Yo tengo dos teorías. En la primera son los propios estudiosos los que facilitan la información. Por ejemplo, suena el teléfono en la redacción de Clarín:

—Clarín, digamé.

—Hola, mire. Estoy en segundo año de sociología, en la universidad de Yale, en Estados Unidos, y acabo de escribir un “expertos dicen” muy bonito. ¿Lo podrían publicar?

—¿De qué es?

—Es sobre los feos.

—¿A favor o en contra?

—A favor. Dice que los feos tienen menos posibilidad de conseguir cargos directivos. Y que cuando consiguen, cobran menos que los putos, pero un poco más que los rengos.

—Bueno, mandálo. Pero no te prometo nada porque hoy hubo un terremoto en Indonesia y estamos enloquecidos de laburo.

—Si quiere le preparo un “estudio revela” sobre lo que les pasa a los feos en los terremotos.

—Eso me interesa más, ¿a qué hora lo podrías tener?

—No sé, tendría que hacer un par de llamadas y cambiar algunos datos… ¿En una hora le parece?

—Listo, quedamos así. Y ponéle porcentajes, que el lector siempre lo agradece.

Hace tres o cuatro años, con el auge de los móviles, un estudio nos alertaba que los telefonitos irradiaban algo que provocaba el cáncer. Así que tuvo que salir otro estudio a afirmar lo contrario. ¿Dónde ocurrió este segundo estudio? En una Universidad de Finlandia, la cuna de los móviles. No va a faltar mucho para que la Universidad de Bogotá afirme también, según sus propios intereses, que los productos colombianos son buenísimos.

Esta forma de intermediación me cierra bastante, aunque tampoco descarto que sea la propia prensa la que, escasa de información real que brindar a sus lectores, hostigue a las universidades para que genere estudios, como vemos en esta segunda dramatización. Suena el teléfono en la Universidad de Princetown:

—Princetown digamé.

—Hola, mire. Estoy cerrando la portada del diario El País, y me queda un hueco de dos por cuatro. ¿Ustedes no tendrían a mano algún “expertos dicen”, o un “estudio revela” no muy largo?

—Haber llamado más temprano… A esta hora ya no nos queda nada.

—Ya lo sé, pero es una urgencia.

—Lo que pasa es que al mediodía vienen los del portal de Terra y se nos llevan todo.

—¿Y usted no me podría preparar uno ahora, así a mano alzada?

—¿Sabe qué pasa? Tenemos a dos alumnos con pulmonía, y otro engripado. De los nueve becarios que inventan los estudios, tres nos dejan colgados siempre por enfermedad. Y yo no doy a basto.

—Haga un esfuerzo, hombre, que necesito algo urgente.

—A ver… Déjeme pensar. (pausa) Mire, ¿qué le parece este? “Un estudio revela que los universitarios sufren un 35% más enfermedades que los albañiles”.

—¡Me encanta! ¿En cuánto tiempo lo puede tener listo?

—Déjeme que lo contraste con mi cuñado, que es constructor, y se lo mando por mail.

—¡Gracias! Lo espero.

Por lo tanto, tampoco debería sorprendernos que, con el correr del tiempo, la gente actúe según digan los estudios, y éstos se conviertan en realidad, cosa que actualmente sólo pasa con las encuestas presidenciales. Pero el día que los expertos utilicen este sistema para sus intereses personales, pueden pasar cosas horrendas.

En mi época, la gente iba a la universidad a estudiar o a tirar piedras. Y los expertos eran gente vieja que inventaba la penicilina o descubría la soriasis. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué hemos llegado a este punto de mediocridad en donde todos, incluso yo en este momento, nos sentimos capacitados para generar un estudio?

Fin de mi estudio.

Publicado por Hernán Casciari el Lunes 6 De Junio, 2005 en Orsai Blog.

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